Jul 24, 2020 | Pulso clave

Padre, Adulto o Niño y su impacto en el entorno laboral.

¿Algo de esto te suena familiar? La impaciencia (querer todo para ahora), incapacidad de expresar necesidades (pretender que la otra persona adivine lo que deseamos), no saber aceptar un no como respuesta (baja tolerancia a la frustración), no establecer límites (querer estar bien con todos y todo) entre otros. Estas son manifestaciones del niño.

El Análisis Transaccional (AT) es una Teoría de la personalidad, de la Comunicación y de los Grupos y Organizaciones. A nivel funcional, busca facilitar el análisis de las formas en que las personas interactúan entre sí mediante transacciones psicológicas, con sus estados del yo Padre, Adulto y Niño:

1. Padre: Estilo de comunicación que domina, juzga, aconseja, critica, tranquiliza, educa, ordena y protege.

2. Adulto: Estilo de comunicación que se centra en la observación, razonamiento, información. Busca comprobar, buscar soluciones.

3. Niño: Se centra en la motivación, sentimientos, deseos, miedos, alegrías, curiosidad, egocentrismo, emoción y complejos.

Esta teoría lo que busca es crecer y avanzar hacia una personalidad integradora.

¿Te ha pasado tener que lidiar con un compañero de equipo con actitudes infantiles que no aportan a la organización? O, por el contrario, ¿alguna vez te han hecho notar tus actitudes infantiles? Hoy compartimos contigo algunas claves para una adecuada integración de estos 3 estados.

1. Evitar expresar el enojo o inconformidad de forma exagerada: los niños tienden a llorar, gritar, hacer pucheros o zapatear cuando desean comunicar que no están contentos con una situación, un adulto debería poder gestionar mejor sus emociones. Por ejemplo: si hace falta un tiempo a solas para analizar mejor la causa de la molestia o el desacuerdo, optar por esa opción podría ser una decisión inteligente.

2. Asumir la responsabilidad: afrontar las consecuencias de nuestros actos sin temor a represalias es otro gran desafío. Una actitud infantil es la de buscar culpables en lugar de enfocarnos en la solución al problema o en la correcta asunción de responsabilidad para facilitar un cambio positivo.

3. Enfrentar situaciones incómodas: lidiar con la realidad y todo lo que ello implica es un índice de madurez. Por lo general, los niños mienten cuando desean evadir problemas o castigos. Un adulto debería elegir la verdad a pesar del malestar que genere la situación en cuestión.

4. Olvidar y encajonar los insultos: nada hay más equivocado y desacertado que una persona ejerciendo el ataque “Ad Hominem” (agresión directa y personal a otra) cuando pretende encarar una situación imprevista. Un adulto que se jacte de serlo arremete contra el problema, busca opciones y salidas oportunas que de ser posible beneficien a ambas partes.

5. No monopolizar la atención: durante los almuerzos o cenas familiares donde hay niños pequeños, es muy difícil mantener una conversación fluida sin que estos reclamen la atención cada cierto tiempo. Este tipo de actitudes tienden a generar un clima de incomodidad. Que un adulto se apropie del protagonismo en un grupo y no dé la oportunidad a los demás, no despertará más que rechazo y antipatía.

Tener en cuenta estas claves nos ayudará a reconocer aquellas actitudes que – con o sin intención – tienden a manifestarse cuando nos sentimos sobrepasados o frustrados. Lo bueno es recordar que podemos reaprender, cambiar y practicar actitudes que influyan positivamente en nuestro entorno.

 

 

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