En el mundo corporativo, donde las presentaciones, los reportes y las métricas ocupan buena parte del día, hay algo que sigue incomodando a más de uno: el feedback. Y no hablamos del genérico “todo bien”, ni del sutil “tenés que mejorar la comunicación” dicho en tono de despedida. Nos referimos al feedback real. Ese que duele, construye, dignifica. Ese que, bien gestionado, hace que las personas y las organizaciones crezcan.
En este contexto, surgen dos mecanismos cada vez más utilizados por quienes apuestan a culturas organizacionales sanas, adultas y conscientes: el feedback 180° y 360°. Y aunque muchas veces se los nombra casi como sinónimos, hay diferencias clave que merece la pena comprender.
180° vs. 360°: ¿quién sostiene el espejo? El feedback 180° es aquel que se recibe desde una única perspectiva complementaria, normalmente del superior directo o de los colaboradores a quienes se lidera. Es como mirarse en un espejo frontal: hay nitidez, pero no totalidad. En cambio, el feedback 360° propone una mirada más amplia, al incluir opiniones de líderes, pares, colaboradores e incluso clientes internos. Es un espejo envolvente. Uno que incomoda, sí, pero también revela ángulos ciegos que el ego no siempre permite ver.
¿El desafío? Muchas veces se implementa sin preparación. Sin cultura. Sin acuerdos. Y entonces lo que pudo haber sido una herramienta transformadora termina convertida en una ruleta de percepciones mal gestionadas.
La verdadera importancia del feedback 180° y 360° radica en su capacidad para sacar a las personas del modo automático. Porque no hay mejora sin conciencia, y no hay conciencia sin contraste. Saber cómo somos percibidos, más allá de nuestras buenas intenciones, es vital para el desarrollo profesional y personal. El feedback bien administrado permite alinear expectativas, detectar puntos de mejora y fortalecer habilidades clave.
En culturas donde solo se habla “de arriba hacia abajo”, las relaciones se vuelven asimétricas y temerosas. Las personas se cuidan más de no errar que de acertar. Pero cuando se institucionaliza un proceso maduro de retroalimentación, los vínculos laborales se vuelven más adultos. Y eso, en el mundo laboral actual, es una ventaja competitiva.
Pero… ¿Qué se necesita para que funcione?
No alcanza con enviar formularios online. Tampoco con dejar que cada quien diga lo que quiere sin filtro ni propósito. Para que un proceso de feedback 180° o 360° funcione y no se vuelva una bomba emocional, se requiere:
- Confianza: Las personas deben creer en la intención del proceso. Si hay miedo, no hay sinceridad.
- Contexto: ¿Por qué se hace? ¿Para qué? ¿Qué se espera que ocurra después?
- Formación: Tanto quien da como quien recibe feedback necesita herramientas. Dar una opinión no es descargar una emoción. Es entregar un insumo para el crecimiento del otro.
- Seguimiento: El feedback sin seguimiento es solo catarsis con disfraz metodológico.
Muchas empresas caen en la tentación de implementar evaluaciones 360° para “mostrar” que trabajan en el desarrollo de talento. El inconveniente aparece cuando la única motivación es el cumplimiento, y no el crecimiento. Se recopilan datos, se arman informes, y luego… nada. Sin devolución, sin conversación, sin consecuencias. Lo único que se logra es fomentar cinismo organizacional. Ese que lleva a las personas a pensar “es una pérdida de tiempo”, “no sirve de nada lo que digamos”, “esto es solo para recursos humanos”.
Cuando el feedback no tiene un propósito transformador y real, se convierte en otro trámite más que vacía de contenido lo que alguna vez fue una buena idea.
¿Y si nos preguntáramos más seguido qué impacto real tienen nuestras palabras en el otro?
¿Y si entendiéramos que dar feedback no es ejercer poder sino habilitar desarrollo?
¿Y si, como líderes, nos animáramos a pedir feedback sin temor a que eso cuestione nuestra autoridad?
Hay un momento bisagra en la carrera de toda persona: ese en el que deja de temerle al feedback y empieza a buscarlo. A provocarlo. A honrarlo.
Porque quien quiere crecer de verdad, no espera a la evaluación anual. No necesita que recursos humanos le arme una matriz. Simplemente va y pregunta: “¿Cómo creés que podría hacerlo mejor?”
Y ahí ocurre la magia. El cambio. La evolución.
Elaborado por: daianacaceres@mentu.com.py

