Vivimos rodeados de estímulos. Pantallas que vibran, notificaciones que llaman, contenidos que no se terminan nunca. Y, sin darnos cuenta, empezamos a confundir movimiento con sentido, ocupación con plenitud, conexión digital con presencia real.
Esta semana escuché una frase que me dejó una idea simple y profundamente disruptiva: el aburrimiento no es el enemigo; es un maestro. Uno severo. Silencioso. Incómodo. Pero honesto.
Porque cuando no hay ruido externo, aparece algo que muchas veces evitamos: nosotros mismos.
Aburrirse hoy es casi un acto contracultural. Implica resistir el impulso automático de agarrar el celular ante el primer segundo de vacío. Implica quedarse en la incomodidad sin anestesia digital.
Y ahí pasa algo interesante: cuando el estímulo externo desaparece, la mente empieza a ordenar, a crear, a recordar, a sentir. No inmediatamente. Primero se queja. Luego se aquieta. Y recién después, habla.
El aburrimiento es ese espacio donde nacen las preguntas que importan.
Las ideas que no entran entre notificaciones. Las decisiones que no se toman scrolleando.
No se trata de irse a vivir a una montaña ni de demonizar la tecnología. Se trata de poner límites conscientes. Pequeños. Realistas. Sostenibles.
Algunas acciones simples —pero poderosas— que invitan a otro ritmo:
- Dejar el celular a las 20 h. No por castigo, sino por cuidado. Porque el día también necesita un cierre.
- No llevar el teléfono a la mesa. Ni en casa ni en reuniones. Comer es un acto relacional, no un trámite acompañado de pantallas.
- Estar plenamente presentes con otros. Escuchar sin mirar de reojo. Mirar a los ojos. Habitar el momento.
- Aceptar el silencio. No llenarlo automáticamente. Dejar que haga su trabajo.
Son gestos mínimos. Pero los hábitos no se transforman con gestos heroicos, sino con decisiones pequeñas sostenidas en el tiempo. La presencia no admite atajos. No se puede estar “más o menos” presente. Se está o no se está.
Cuando estamos con alguien y el celular descansa sobre la mesa, el mensaje es claro —aunque no lo digamos—: esto puede interrumpirse en cualquier momento.
Y la profundidad, la confianza y la intimidad emocional no crecen en terrenos inestables.
Estar presentes es un acto de respeto. Hacia el otro, sí. Pero también hacia uno mismo.
El desafío no es el dispositivo. El desafío es cuando se vuelve refugio, muleta, escape. Cuando no sabemos qué hacer con nosotros mismos sin él. Ahí el aburrimiento aparece como espejo. Y no siempre gusta lo que muestra. Pero justamente por eso enseña.
Nos revela cuánto nos cuesta detenernos. Cuánto evitamos sentir. Cuánto miedo le tenemos al silencio.
El aburrimiento bien transitado no empobrece: afina.
Nos devuelve criterio. Atención. Deseo genuino.
Cuando dejamos de consumir estímulos sin pausa, empezamos a elegir mejor:
- Qué conversaciones valen la pena.
- Qué vínculos nutrimos.
- Qué pensamientos merecen espacio.
- Qué hábitos sostienen la vida que decimos querer.
Aburrirse no es perder el tiempo. Es recuperarlo.
Tal vez no necesitamos más contenido. Tal vez necesitamos más silencio. Tal vez no necesitamos estar siempre disponibles. Tal vez necesitamos volver a estar disponibles para nosotros.
Y tal vez el primer paso no sea hacer algo nuevo, sino dejar de hacer algo: dejar el celular. Dejar la distracción. Dejar la huida constante del vacío. Porque en ese vacío —aunque cueste admitirlo— vive algo valioso esperando ser escuchado.
Elaborado por: daianacaceres@mentu.com.py

