Dos síndromes distintos que frenan talento… y cómo empezar a desarmarlos.
En las organizaciones conviven silencios que pesan más que los gritos.
Uno de ellos es el síndrome del impostor.
Otro, más peligroso y menos nombrado, es el síndrome de Procusto.
Ambos operan en la sombra. Ambos erosionan el desempeño, la motivación y la salud emocional de las personas. Pero no son lo mismo, ni se combaten de la misma manera.
Entenderlos es un acto de responsabilidad profesional.
El síndrome del impostor no tiene que ver con falta de capacidad.
Tiene que ver con la incapacidad de registrar el propio mérito.
Se manifiesta cuando personas competentes:
- Atribuyen sus logros a la suerte, al contexto o a otros.
- Viven con el miedo constante de “ser descubiertas”.
- Se sobreexigen para compensar una supuesta falta.
- Dudan incluso frente a evidencia objetiva de buen desempeño.
En el entorno laboral suele verse así:
- Profesionales que no postulan a oportunidades para las que están preparados.
- Líderes que piden validación permanente.
- Personas que trabajan de más, pero disfrutan de menos.
- Talento silencioso que no se visibiliza porque cree que “todavía no es suficiente”.
El impostor no es soberbio.
Es exigente consigo mismo hasta el agotamiento.
Procusto es otra historia.
Aquí el problema no está adentro, sino en el entorno.
El síndrome de Procusto aparece cuando alguien —generalmente en posiciones de poder—:
- Se siente amenazado por el talento de otros.
- Minimiza, desvaloriza o desacredita capacidades ajenas.
- Limita el crecimiento para que nadie “sobresalga”.
- Prefiere la mediocridad cómoda antes que la excelencia desafiante.
En las organizaciones se manifiesta cuando:
- El que sabe más “molesta”.
- El que propone distinto “no encaja”.
- El que crece rápido “genera ruido”.
- El reconocimiento es selectivo y estratégico.
Procusto no duda.
Procusto corta.
La diferencia es simple, pero profunda:
- El impostor se achica solo.
- Procusto achica a los demás.
Uno es un conflicto interno.
El otro, un problema cultural.
Y aquí viene una verdad incómoda:
muchas organizaciones dicen querer talento… pero no siempre están listas para sostenerlo.
No se trata de “creer más en uno mismo” como frase motivacional vacía.
Se trata de entrenar criterio.
Algunas claves concretas:
- Registrar evidencia: logros, resultados, feedback recibido. No opiniones, hechos.
- Separar emoción de dato: sentir inseguridad no invalida la competencia.
- Habitar el aprendizaje: no todo error es incapacidad; muchos son proceso.
- Aceptar la incomodidad del crecimiento: crecer incomoda. Siempre.
El objetivo no es eliminar la duda.
Es que la duda no gobierne las decisiones.
Claves para enfrentar culturas Procusto
Aquí la responsabilidad es organizacional y de liderazgo.
Algunas señales de madurez institucional:
- Líderes que celebran talento ajeno sin sentirse opacados.
- Sistemas de reconocimiento claros y transparentes.
- Espacios donde disentir no penaliza.
- Evaluaciones basadas en criterio técnico, no en simpatía.
Y una clave incómoda, pero necesaria:
Si un sistema castiga sistemáticamente a quien se destaca, no es falta de adaptación. Es un problema de cultura.
El síndrome del impostor puede volverte invisible.
El síndrome de Procusto puede volver tóxica a toda una organización.
Cuando conviven, el daño es mayor:
personas brillantes dudando de sí mismas en entornos que no saben —o no quieren— sostenerlas.
No todo silencio es humildad.
No toda crítica es criterio.
No toda incomodidad es señal de error.
A veces, dudar no significa no valer.
Y a veces, no encajar no significa estar equivocado.
Las organizaciones sanas no aplastan talento ni lo obligan a esconderse.
Lo reconocen, lo ordenan y lo hacen crecer.
Porque cuando el talento puede respirar,
el resultado deja de ser esfuerzo…
y empieza a ser impacto.
Elaborado por: daianacaceres@mentu.com.py

