Frotar la lámpara no es gestionar.

En los últimos años se ha instalado con fuerza un discurso saludable y necesario: las organizaciones deben escuchar. Deben abrir espacios. Deben habilitar la palabra. Deben construir culturas donde las personas puedan expresar lo que sienten, piensan o cuestionan.

Ese avance es innegable y positivo. Sin embargo, en paralelo, comenzó a gestarse una expectativa menos visible: la idea de que toda expresión debería derivar, casi de manera automática, en una resolución favorable a quien la formula. Como si el acto de verbalizar una incomodidad activara un mecanismo de satisfacción inmediata. Como si la empresa fuera el genio de una lámpara organizacional que, al ser frotada, concede deseos.

Una organización no es un dispositivo mágico. Es un sistema complejo. Y los sistemas complejos operan bajo restricciones reales: presupuestos finitos, prioridades estratégicas, marcos normativos, impactos cruzados, equilibrios internos y decisiones que rara vez benefician a todos por igual.

Confundir apertura con concesión es un error conceptual. Y ese error tiene consecuencias culturales profundas. Escuchar no significa otorgar. Validar una percepción no implica adoptar la solución propuesta. Reconocer una incomodidad no obliga a modificar una decisión estratégica.

La diferencia puede parecer sutil, pero es estructural.

En entornos organizacionales maduros, la conversación no termina cuando aparece el desacuerdo. Tampoco cuando la respuesta no coincide con la expectativa individual. De hecho, allí es donde comienza el verdadero ejercicio de profesionalismo.

La adultez profesional no se mide únicamente por la capacidad de expresar lo que incomoda. Se mide, sobre todo, por la capacidad de comprender el contexto en el que se decide.

Porque toda decisión organizacional es un acto de priorización. Y priorizar implica necesariamente postergar algo.

Cuando el vínculo con la cultura se vuelve transaccional —participo mientras la respuesta me favorece, me repliego cuando no ocurre— la organización pierde densidad institucional. Se instala una lógica de satisfacción individual que erosiona la noción de proyecto colectivo.

La gobernanza requiere algo más exigente: comprensión sistémica.

Comprender que no toda necesidad individual puede transformarse en prioridad estratégica. Que no todo desacuerdo es señal de falta de escucha. Que no toda negativa es un acto de desconsideración. A veces, simplemente, es una decisión coherente con un marco más amplio.

La cultura organizacional no se fortalece cuando concede todo. Se fortalece cuando logra sostener conversaciones honestas incluso en escenarios de tensión.

Y sostener implica aceptar que habrá respuestas que no satisfagan plenamente. En ese punto aparece una distinción clave: la diferencia entre voz y expectativa. Dar voz significa habilitar la expresión. Gestionar expectativas significa explicar límites.

Si una organización solo habilita la voz pero no comunica con claridad los criterios que guían sus decisiones, genera frustración. Si, por el contrario, comunica criterios pero no habilita la expresión, genera silencio defensivo. El equilibrio entre ambas dimensiones es lo que define la madurez cultural.

En este contexto, la corrección superficial —esa actitud de aparente armonía que opta por no profundizar cuando la respuesta no es la esperada— puede convertirse en una forma elegante de desvinculación. No confronta, pero tampoco construye. No cuestiona abiertamente, pero tampoco se compromete. Y la desvinculación silenciosa es uno de los riesgos más subestimados en la gestión organizacional.

Las organizaciones no necesitan unanimidad permanente. Necesitan responsabilidad compartida.

Responsabilidad para expresar con fundamentos. Responsabilidad para escuchar sin defensividad. Responsabilidad para decidir con criterios explícitos. Responsabilidad para aceptar que formar parte de un sistema implica convivir con límites.

El pensamiento infantil busca un genio que conceda deseos. El pensamiento profesional entiende que las decisiones se construyen sobre restricciones.

Cuando una cultura logra transitar esa comprensión, deja de operar en la lógica del pedido y la concesión, y empieza a funcionar en la lógica del diálogo y la coherencia estratégica.

La pregunta entonces no es si la organización escucha. La pregunta es si quienes la integran están dispuestos a participar de un sistema que no gira exclusivamente en torno a sus expectativas individuales.

Porque pertenecer implica algo más que ser oído. Implica comprender, aceptar y sostener decisiones que, aunque no siempre coincidan con la preferencia personal, responden a una visión más amplia.

Una empresa no es un genio de la lámpara. Es una arquitectura de decisiones.

Y en esa arquitectura, la madurez no se demuestra cuando todo se concede.
Se demuestra cuando, aun frente al desacuerdo, el compromiso permanece
.

Ahí es donde comienza la verdadera cultura organizacional.

Elaborado por: daianacaceres@mentu.com.py

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