Hace más de setecientos años, Dante Alighieri escribió una de las obras más influyentes de la historia de la humanidad: La Divina Comedia. En ella, emprende un viaje imaginario por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, guiado por el poeta Virgilio.
Una de las escenas más inquietantes de toda la obra no ocurre en los círculos profundos del Infierno ni está protagonizada por grandes villanos. Ocurre al comienzo del recorrido. Dante observa una multitud de almas que corren sin descanso detrás de una bandera vacía. Gritan, se agitan, se desesperan. Parecen condenadas. Intrigado, pregunta quiénes son. La respuesta de Virgilio resulta sorprendente. No son asesinos. No son ladrones. No son traidores. Son aquellos que pasaron por la vida sin tomar partido por nada. Personas que no eligieron el bien ni el mal. Que evitaron comprometerse. Que prefirieron permanecer al margen.
Según la obra, ni el cielo los aceptó, porque nunca hicieron mérito para entrar en él. Pero tampoco el infierno los quiso, porque ni siquiera fueron capaces de elegir un camino. Dante los ubica en un espacio de indiferencia y olvido. Y quizá allí radica una de las reflexiones más poderosas que la literatura puede ofrecernos sobre la condición humana.
Siglos después, el filósofo Jean-Paul Sartre afirmaría que no elegir también es una elección. La neutralidad absoluta no existe. Cuando una decisión debe tomarse, quedarse inmóvil también genera consecuencias.
La pregunta entonces trasciende la literatura y se vuelve profundamente actual. ¿Qué ocurre cuando trasladamos esta idea al mundo de las organizaciones? Con frecuencia asociamos los riesgos empresariales a malas decisiones. Sin embargo, muchas veces los mayores costos no provienen de una decisión equivocada, sino de una decisión que nunca se tomó. Equipos que identifican problemas o desafíos, pero no los abordan. Líderes que observan conflictos y esperan que se resuelvan solos. Organizaciones que detectan oportunidades, pero postergan indefinidamente la acción. Procesos que necesitan evolucionar, pero permanecen inmóviles porque «todavía no es el momento».
La inacción suele ser silenciosa. No genera titulares ni escándalos. No produce el impacto inmediato de una mala decisión. Pero lentamente erosiona la cultura, el desempeño y la capacidad de transformación.
En el mundo de las consultorías es común encontrar organizaciones que saben exactamente cuáles son sus desafíos. Conocen los inconvenientes de comunicación. Reconocen las brechas de liderazgo. Detectan las ineficiencias de sus procesos. Lo que muchas veces falta no es información. Es decisión. Porque decidir implica asumir riesgos. Implica abandonar la comodidad de la espera para entrar en el terreno de la acción. Y allí aparece otro aprendizaje relevante. Elegir no significa acertar siempre. Elegir significa hacerse responsable.
Las organizaciones que construyen culturas sólidas no son aquellas que nunca se equivocan. Son aquellas que desarrollan la capacidad de actuar, aprender, corregir y volver a actuar. Por el contrario, cuando la indecisión se vuelve una práctica habitual, aparece un fenómeno peligroso: la responsabilidad comienza a diluirse. Nadie decide. Nadie impulsa. Nadie se hace cargo. Y poco a poco la organización queda atrapada en una especie de limbo corporativo donde los problemas permanecen, las oportunidades pasan y el potencial nunca termina de desplegarse.
Quizá por eso la imagen propuesta por Dante sigue siendo tan provocadora siglos después. Aquellas almas no estaban condenadas por haber elegido mal. Estaban condenadas por no haber elegido nunca.
En un contexto empresarial marcado por cambios constantes, nuevas tecnologías, transformaciones culturales y desafíos cada vez más complejos, la capacidad de decidir se convierte en una ventaja estratégica. No porque garantice resultados perfectos. Sino porque permite avanzar. Porque habilita el aprendizaje. Porque moviliza a las personas. Porque genera dirección. Tal vez la verdadera pregunta que deja planteada Dante no sea únicamente filosófica. Tal vez sea una pregunta de liderazgo. Como personas, como equipos y como organizaciones: ¿Estamos tomando las decisiones que sabemos que debemos tomar? ¿O estamos permitiendo que el tiempo, las circunstancias y otros decidan por nosotros?
Porque, al final, la historia parece recordarnos algo simple pero poderoso: La ausencia de elección también construye destino.

