“El maestro fue alumno. El hábil fue torpe. El experto fue principiante. El campeón fue novato. Somos proceso.”
Hay frases que nos recuerdan algo que sabemos, pero que a veces olvidamos. Esta es una de ellas.
Cuando conocemos a una persona por lo que hace hoy, es fácil olvidar todo lo que tuvo que atravesar para llegar hasta ahí. Vemos al profesional que resuelve con seguridad, pero no vemos sus primeras veces. Vemos al líder que toma decisiones, pero no recordamos cuando también necesitaba que alguien lo guiara. Vemos al experto, pero no al principiante que alguna vez se equivocó, preguntó, dudó y volvió a intentarlo. Vemos el resultado. No siempre vemos el proceso.
En gestión de personas, esa diferencia importa. ¿Por qué? Porque el talento también se construye.
Cuando hablamos de talento, muchas veces pensamos en capacidades que ya están presentes: experiencia, conocimientos, habilidades, resultados. Pero el talento no es solamente aquello que una persona ya sabe hacer. También está en su capacidad de aprender, adaptarse, preguntar, equivocarse, incorporar nuevas herramientas y transformar la experiencia en conocimiento. Por eso, gestionar talento no debería significar únicamente identificar quiénes son buenos hoy.
También implica preguntarnos: ¿Quiénes pueden llegar a ser muy buenos mañana?
Esa mirada cambia muchas decisiones. Cambia la forma en que seleccionamos. Cambia la forma en que incorporamos a alguien. Cambia la manera en que damos feedback. Cambia cómo diseñamos planes de desarrollo. Y, especialmente, cambia la manera en que lideramos.
Una organización puede tener excelentes programas de formación y, aun así, tener una cultura que dificulta el aprendizaje. ¿A qué se debe esto? A que aprender no ocurre solamente en un curso. También ocurre en una conversación con un líder. En un feedback bien dado. En una reunión donde alguien puede hacer una pregunta sin miedo a quedar expuesto.
El aprendizaje necesita conocimiento, pero también necesita contexto. Necesita personas que enseñen, pero también personas dispuestas a aprender. Y necesita algo todavía más importante: una cultura que entienda que desarrollar a alguien no es esperar que nunca se equivoque, sino ayudarlo a aprender de aquello que puede hacer mejor.
Liderar también es recordar que alguna vez fuimos principiantes. Hay una pregunta sencilla que puede transformar la manera en que lideramos: ¿Cómo me hubiera gustado que me acompañaran cuando yo estaba aprendiendo esto? La respuesta puede decir mucho sobre nuestro estilo de liderazgo. Porque todos tuvimos alguna vez una primera presentación, una primera entrevista, una primera responsabilidad importante, un primer equipo a cargo, una primera decisión difícil.
Todos fuimos nuevos. Todos necesitamos que alguien nos explique algo más de una vez. Todos cometimos errores que hoy probablemente nos resulten obvios. Y todos tuvimos, en algún momento, a alguien que decidió confiar en nosotros antes de que nosotros mismos estuviéramos completamente seguros de poder hacerlo. Esa experiencia debería acompañarnos cuando tenemos la oportunidad de desarrollar a otros. La experiencia no debería convertirse en impaciencia. Debería convertirse en perspectiva. Quien ya recorrió el camino puede ayudar a que otro lo recorra mejor.
Gestionar personas implica aprender a mirar más allá del momento. Porque una evaluación es una fotografía. El desarrollo, en cambio, es una película. Y nadie debería quedar definido por una sola escena. También nosotros somos proceso
Esta reflexión no aplica solamente a quienes están comenzando. También aplica a quienes lideran, gestionan, enseñan y toman decisiones.
Podemos tener años de experiencia y seguir teniendo cosas por aprender. Podemos ser muy buenos en algo y estar empezando de cero en otra cosa. Podemos haber liderado grandes proyectos y todavía necesitar desarrollar nuevas habilidades.
El contexto laboral cambia demasiado rápido como para pensar que alguna vez llegamos a una versión definitiva de nosotros mismos. La experiencia nos da herramientas; la capacidad de aprender nos mantiene vigentes.
Y quizás ahí esté una de las formas más saludables de entender el desarrollo profesional: no como una carrera para llegar a un punto final, sino como un proceso continuo de construcción.
Cada organización tiene, de alguna manera, la posibilidad de acelerar o frenar el crecimiento de las personas que la integran. Podemos ser el lugar donde alguien descubre que puede. O podemos ser el lugar donde deja de intentarlo. Podemos generar conversaciones que abran posibilidades. O podemos instalar etiquetas que cierren puertas.
Tal vez la próxima vez que conozcamos a alguien que todavía está aprendiendo, podamos recordar:
El maestro fue alumno.
El hábil fue torpe.
El experto fue principiante.
El campeón fue novato.
Nadie llegó hasta donde está de un solo salto.
Llegamos a través de intentos, errores, aprendizajes, personas que nos enseñaron, oportunidades que alguien decidió darnos y decidimos tomarla plenamente.
El talento es una historia que todavía se está escribiendo. Y si algo deberíamos recordar al gestionar personas es esto: nadie llega terminado. Ni ellos. Ni nosotros. Somos proceso.
Elaborado por: daianacaceres@mentu.com.py

